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October 23, 2012

El Largo Camino Hacia la Libertad, Página 5: Hacia los Árboles

El día de la liberación, los animales enfrentan la libertad con ansiedad y recelo

Revista All Animals, Noviembre/Diciembre 2012

  • Un kinkajú recién liberado sube a una rama baja tras dejar a duras penas la caja en la que fue transportado. Kathy Milani/The HSUS.

por Karen E. Lange

En la mañana de la liberación de regreso a la naturaleza de los animales rehabilitados, Tatiana Terán está emocionada pero un tanto triste: “No debería apegarme,” dice la veterinaria. “Pero es difícil cuando los animales llegan como bebés.”   

Para garantizar que los animales devueltos a la naturaleza no terminen de regreso en el tráfico, serán llevados a una finca ganadera que está fuertemente custodiada de los cuatreros, una de las cinco propiedades privadas cuidadosamente seleccionadas donde el centro de rescate libera animales porque las áreas “protegidas” de Nicaragua están tomadas por los extractores furtivos. “Buscamos lugares que tengan seguridad por sobre todo,” dice Sacasa.

El viaje termina en un humedal dragado para pastizales para ganado, cerca de la frontera con Honduras. Del otro lado de una zanja llena de agua se encuentra una porción de bosque, parte de un corredor de vida silvestre. Para cuando la camioneta del centro de rescate llega es mediodía y caliente, pero los árboles ofrecen sombra y relativa frescura. Tras tantos meses de preparación, los animales son liberados en rápida sucesión.

Los chocoyos vuelan inmediatamente a los árboles y  comienzan a llamarse entre sí, comunicándose en un ruidoso grupo, que ya se siente como en casa en la naturaleza. Los monos capuchinos se apresuran a dejar sus jaulas tan pronto la puerta se abre y corren, cual atletas que salen a la pista. Varios armadillos a los que se les enseño a escarbar para buscar gusanos en el centro de rescate dejan sus cajas y a pocos pasos comienzan a olfatear la tierra en busca de comida, hurgando el suelo con sus pies.

La guacamaya roja es tan buscada por los extractores furtivos que sólo puede ser liberada en un lugar: una isla sin puentes que la conecten a tierra firme.

Otros animales son más lentos. Los dos loros de nuca amarilla también decomisados en la redada del 2010 y dos tucanes decomisados por la policía en una intersección apenas llegan hasta los árboles. Estas aves son activas temprano en la mañana, no a medio día, y uno de los loros pasa casi una hora sin moverse a unos tres metros del suelo, aun cuando Sacasa sacude las ramas. Búhos adormecidos se quejan descontentos y tienen que ser incitados a dejar sus jaulas. Varios caracarás rescatados de vendedores callejeros permanecen quietos hasta que Sacasa pisa con su bota y emprenden el vuelo. Uno de los dos kinkajúes se rehúsa tercamente a dejar su caja, a pesar de los llamados de un segundo kinkajú, que ha subido lenta pero firmemente a un árbol. “Compañero, compañero,” dice Sacasa, agitando su sombrero para alentar al kinkajú titubeante a moverse. El animal olfatea algunas hojas. Finalmente, sale y se dirige hacia la naturaleza.        

No es ideal, pero la logística (la distancia de la capital, el costo de cada viaje) ha dictado la naturaleza de la liberación. Y funciona, para casi todos los animales. La esperanza es que llegue el día en que las liberaciones masivas ya no sean necesarias, cuando los animales de Nicaragua no sean tomados de la naturaleza en primer lugar.

Los chocoyos descienden en una ruidosa parvada y vuelan hacia unas palmeras, ansiosos, exuberantes en su libertad. El aire se vuelve pesado por la humedad. El cielo se torna en un azul cada vez más profundo, un azul grisáceo. Relámpagos destellan y la lluvia cae, refrescando el bosque, refrescando a los animales recién liberados, que han dejado atrás jaulas vacías.

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